Bilbao, Guggenheim Museum

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Creo que el día que pasamos en San Sebastián, que nos hizo un día estupendo, se llevó toda la ración de sol y no le dejó ni pizca al día que visitamos Bilbao. Cuando llegamos allí el cielo ya estaba nublado, y llovía intermitentemente. El día no era el apropiado para patearse la ciudad, quizás fuese una señal para animarnos a entrar en el Guggenheim, ya que no teníamos claro si merecería la pena. Al fin y al cabo, estos días tocan en el norte por muy mes de agosto que sea…
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Así que visto lo visto, quizás era buena idea resguardarse de la lluvia y centrar nuestra visita en lo que quizás sea el mayor reclamo de la capital de Vizcaya, el Museo Guggenheim Bilbao. Además, con el carnet joven la entrada nos costaba 6,50€, cuando la general cuesta 11€, razón por la que terminamos de convencernos. Al dirigirnos a la entrada del museo, nos encontramos con su perro guardián, “Puppy”, una enorme escultura de un perro terrier recubierta con flores.

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El edificio que alberga este museo está diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry, y todo el exterior está recubierto con planchas de titanio que se retuercen formando una estructura en la que apenas encontramos una línea recta. Las exposiciones en el museo van cambiando, y contienen principalmente obras de arte contemporáneo. Cuando nosotros lo visitamos, además de las obras fijas del museo, había una colección del pintor francés Henri Rousseau, otra dedicada al artista estadounidense Robert Rauschenberg, y la que más me sorprendió, la del escultor indio Anish Kapoor.
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Una vez en el interior, el primer impulso es mirar hacia arriba, para observar las retorcidas paredes y cristaleras que suben hasta el techo. Antes de que hubiéramos entrado en cualquier sala, ya habíamos visto una obra de arte, pues el mismo museo lo es. 
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Como os decía, lo que más nos sorprendió fue la exposición de Anish Kapoor. En una de las salas, se exponían planchas de acero en forma de espejos (la obra se llama “Vértigo”) que deformaban el reflejo con formas muy extrañas, por lo que estuvimos un buen rato jugando a hacernos gordos o altos con el efecto óptico que provocaban jejeje. Pero la que más nos impactó (aunque no literalmente) fue la obra “Disparos en el rincón”. Un cañón se encontraba apuntando hacia un rincón de paredes blancas, en el que estaban marcados los impactos de cartuchos de cera de color rojo oscuro, que se escurrían hacia el suelo como si fuera sangre. Había bastante gente sentada alrededor, por lo que decidimos sentarnos también. No entendemos nada sobre arte, pero después de estar un par de minutos en el suelo, ya habíamos contemplado la obra lo suficiente. O eso creíamos… De repente, un hombre se acercó al cañón, lo cargó, y éste disparó emitiendo un ruido brutal. El proyectil impactó sobre la pared añadiendo una nueva mancha roja y acumulando nuevos restos al montón de cera que había en el suelo. ¿Espectacular? Totalmente. ¿Obra de arte? Cada uno que lo interprete como quiera… 
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Después de la visita al museo, bastante más entretenida de lo que esperábamos, cogimos el tranvía (Euskotran) en una parada que hay al lado, y fuimos hasta la parada Ribera, que nos dejó en las famosas Siete Calles, en el casco viejo de Bilbao. Dimos una vuelta por la zona, que está llena de tiendas, y entramos en la Catedral de Santiago. Pero María se empezó a encontrar un poco mal y decidimos marcharnos al camping donde teníamos nuestra “base”, ya nos tomaríamos más tiempo en otra ocasión. 
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De camino al parking donde teníamos el coche en el centro, pasamos por la estación La Concordia, cabecera de las líneas ferroviarias de la compañía FEVE. 

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Y por último hicimos un alto para entrar en La Alhóndiga, un antiguo almacén de vinos que se ha transformado en un centro de cultura en el que organizan exposiciones. Lo peculiar del lugar son sus llamativas columnas, cada una de las 43 decorada con un estilo diferente.

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Y con esto acabó nuestro día en Bilbao, que sobre todo se centró en la visita al museo, dejamos pendiente una visita más en profundidad a la ciudad, que por lo poco que vimos, dispone de muchas alternativas a sus visitantes. Hasta pronto!
13 de Agosto 2010
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6 Comentarios

    Curioso lo de los cañonazos…
    Yo no conozco Bilbao pero por lo que dice la gente debe ser bonita.
    El Guggenheim debe ser impresionante, aunque sólo se vea por fuera, pero me ha parecido un rato caro!!
    Un saludo

    Hola Helena, lo de los cañonazos fue un punto jejeje. Y el museo es muy bonito, al final mereció la pena la visita, pero opino igual que tú, es carete!!
    Saludos!

    Me guardo tus recomendaciones para cuando toque País Vasco, que de momento tendrá que esperar como mínimo, hasta el año que viene :-)

    José Carlos DS 31 mayo, 2011 Responder

    Tengo muchas ganas de visitar el Guggenheim, tanto su exterior como el interior es rompedor y me gusta, eso sí, cualquiera diría que esta entrada pasó varios meses después que al anterior, no se ve el sol ni por casualidad jaja

    Saludos!!!

    Nosotros nos centramos más en la ciudad cuando estuvimos en Bilbao y no entramos en el museo. Eso queda para otra ocasión. Qué curioso lo de los cañonazos!
    La ciudad tiene muchos rincones con encanto. Es una pena que no pudiérais recorrerla entera.
    Saludos

    > Artabria, la espera merecerá la pena ;) Me quedé con ganas de recorrer algo más el País Vasco.

    > José Carlos DS, ya te digo, en comparación con el día genial que nos hizo en San Sebastián, esto parece de Octubre más que de Agosto jajaja!

    > M.C., es una pena que no pudieramos ver más, habrá que volver a descubrirla ;)

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